3.- AHORRO DE TRABAJO, COOPERACIÓN Y EXPLOTACIÓN SOCIAL.
Si hablamos de energía, trabajo, información y adaptación al medio, también hay que hablar de las fuerzas productivas y sus técnicas correspondientes para obtener alimentos y comida, y sobre todo para intentar mantener la salud colectiva e individual. Sin salud o con una salud precaria la fuerza de trabajo social es muy reducida o precaria. Según T. McKeown:
"Durante casi toda su existencia la capacidad del hombre para controlar su entorno y limitar su número fue insuficiente para promover su salud de modo significativo más allá de las otras cosas vivas. Las tasas de mortalidad eran altas y la vida era corta; pero, como el número de personas que nacían era mucho mayor que el número de las que sobrevivían y se reproducían, por medio de la selección natural se adaptaban bien a sus condiciones de vida (...) La deficiencia alimentaria limitaba el número de individuos y perjudicaba la salud de dos maneras. Daba origen a intentos de restringir el tamaño de la población reduciendo el número de nacimientos y matando o abandonando a los individuos ni deseados. Sin embargo, el control numérico deliberado no era suficiente para evitar la escasez de alimentos, y las muertes a causa de la inanición , la nutrición defectuosas y las enfermedades parasitarias asociadas en gran parte con la nutrición deficiente eran frecuentes" (21).
Antes de que los antropólogos y exploradores modernos pudieran dejar constancia de los momentos de hambruna y desolación de pueblos enteros, los relatos de los viajeros, mercaderes y conquistadores de siglos pasados narran situaciones verdaderamente espantosas si cambiaban los ciclos climáticos y aumentaban las incertidumbres objetivas. En estas condiciones la especie humana fue superando sólo muy lentamente los métodos más directos y explícitos de obtención de energía barata y fácil mediante el canibalismo, en un proceso en dirección inversa a su progresiva emancipación de la dictadura natural con la mejora de la conciencia humana. Spirkin narra casos de canibalismo (22), y desde una óptica más concreta sobre el tema y más reducida en el tiempo, M. Harris analiza "la relación entre costos y beneficios del canibalismo" material y simbólico en un pasado no tan remoto (23), y otros autores (24) muestran las profundas raíces de estas prácticas y su permanencia simbólico-religiosa actual.
Pues bien, si me he detenido un poco en estas prácticas es para ilustrar la hondura del problema global de obtención de energía para mantener la fuerza de trabajo y las consecuencias simbólicas se perduran durante siglos. Sin embargo, esas prácticas no deben darnos una imagen falsa y unilateral de nuestra especie puyes a la vez de su existencia, también apareció, creció y terminó superando al canibalismo y parcialmente al esclavismo otros sentimientos y normas altruistas, de ayuda, socorro mutuo y solidaridad colectiva.
De cualquier forma, nosotros estamos aquí para debatir sobre las tecnologías y la globalización y no sobre la historia de la ética y de las relaciones sociales, aunque no se puede negar la existencia de conexiones entre ambos extremos. Efectivamente, por poner un ejemplo, basta leer a Leroi-Gourhan (25) y sus investigaciones sobre el lento pero decisivo avance de la tecnología lítica, para imaginarse cómo pudo influir la mejora en la productividad del trabajo en las condiciones de vida material y psicológica de la gente ya que trabajando un kilogramo de sílex obtenía en el abbevillense un total de 10 centímetros de filo útil, subiendo en el acheliense a 40 centímetros, en el musteriense a 2 metros y en el magdaleniense de 6 a 20 metros de filo útil por cada kilogramo de sílex. Experimentos actuales han mostrado lo efectiva que es una piedra afilada en manos hábiles pues puede realizar casi las mismas tareas que un buen cuchillo actual.
Semejante aumento de la productividad del trabajo significa un proceso de aprendizaje tecnológico y a la vez de modificación del cuerpo humano que abarca a la capacidad psicomotriz, y también a la capacidad del control del tiempo, es decir, a la economía del tiempo de trabajo. La antropogénesis es un proceso global de autoconstrucción y de aprendizaje que, obviamente, depende de las condiciones ambientales, del nivel productivo y cultural alcanzado y de la propia capacidad del grupo para reproducirse en el contexto en el que vive. E. R. Service (26) ya nos ha explicado esas dificultades y las necesidades de mantener un pequeño pero suficiente equipamiento colectivo. La razón es muy simple y atañe a una cuestión siempre presente en el debate sobre la tecnología, a saber, el problema del espacio y del tiempo, de las distancias, de las dificultades geográficas. Cuando M. Sahlins estudió la economía de la edad de piedra (27) insistió en que el desarrollo de la técnica estaba condicionado por las distancias que se debían recorrer.
Los llamados "hombres primitivos" tuvieron que aprender mucho antes que nosotros a encontrar el equilibrio óptimo posible entre instrumento y productividad, entre peso y distancia, entre comodidad y efectividad, entre materia y tiempo. Y tuvieron que aprender por simple necesidad de supervivencia. Aquí entendemos por supervivencia no la imagen falsa y reaccionaria impuesta por las corrientes neodarwinianas y sociobiológicas desarrolladas por el imperialismo desde finales del siglo XIX y reactualizadas desde los setenta de este siglo para justificar eso que llaman "neoliberalismo", sino que entendemos el proceso global y sistémico por el que la especie humana se autocrea ontogenéticamente y condiciona su evolución filogenética. La autocreación humana está sujeta a imponderables objetivos, pero a la vez, está sujeta a la capacidad de conocimiento y de mejora tecnológica. No es casual que sea precisamente en el tema de la lucha contra el hambre, que Ritchie (28) afirme que siempre ha existido una relación importante entre el transporte y el hambre, y retroceda hasta el Egipto del José bíblico para estudiar cómo esa relación entre distancia y hambre obligaba al poder existente a realizar proyectos de planificación económica que exigen grandes conocimientos.
Conviene criticar la imagen reaccionaria del "cazador agresivo", del "hombre violento" de la antigüedad como patrón del hombre actual -"hombre burgués"- porque esa imagen sustenta a su vez otra imagen de la tecnología y de la economía como partes constitutivas de la "naturaleza agresiva" del ser humano, cuando no es así en absoluto, como lo demuestra entre otros muchos U. Melotti (29) en un texto clásico, y que I. Eibl-Eibesfeldt ha terminado de ridiculizar con su bello e imprescindible texto sobre el amor y el odio, cuando sin tapujos afirma que la "bestia humana" es "una caricatura moderna del hombre" y al concluir que "Hay en todos nosotros un fuerte impulso innato que nos hace sociables. Todos los mecanismos de vinculación al grupo son filogenéticamente muy antiguos, y es bastante probable que se desarrollaran mano a mano con los cuidados de la progenie. Con este "invento", las aves y los mamíferos adquirieron, cada cual por su parte, la facultad de apoyarse mutuamente y de formar grupos altruistas cuyos miembros libran juntos la lucha por la existencia", y más adelante: "Ciertamente, la tendencia a la intolerancia y a la agresividad es también innata en nosotros, pero no llevamos en la frente la marca de Caín. La tesis de que el ser humano es un animal asesino no se puede tomar en serio. Las investigaciones realizadas sugieren más bien que somos por naturaleza seres muy amistosos" (30).
Más aún, incluso la 'ultima ratio' de la ideología burguesa del "cazador agresivo", como es el de la "lucha por la supervivencia en un mundo escaso de recursos" que lleva a la "guerra de todos contra todos" y al principio del 'homo homini lupus' , queda desautorizada por la historia militar. Tiene razón Keegan cuando dice que:
"La ola de la guerra tiende a propagarse en una sola dirección: de las tierras pobres a las ricas y pocas veces en sentido inverso. Y no es simplemente porque las tierras pobres no valgan el esfuerzo de luchar por ellas, sino también porque la lucha en las tierras pobres es difícil y a veces imposible. (...) La guerra de los pobres era limitada en propósito e intensidad en razón a esa misma pobreza; sólo cuando irrumpían en tierras ricas en las que podían acumular existencias de forraje cabía la posibilidad de una penetración más profunda y de una eventual conquista. Este es el origen de la riqueza y tesón invertidos por los labradores en fortificar sus fronteras con vistas a rechazar a los depredadores antes de que causen daños irreparables. Por consiguiente, puede verse que las causas subyacentes a la implicación de factores "permanentes" y "contingente" en la guerra son muy complejas. El hombre guerrero no es un agente con voluntad desenfrenada, aunque en la guerra traspase los límites que la convención y la prudencia material suelen imponer a su conducta. La guerra siempre es limitada, no porque el hombre lo elija, sino porque así lo determina la naturaleza" (31).
La antropogénesis va dialécticamente unida a la producción social de inteligencia, de pensamiento y de conocimiento progresivo de la realidad a lo largo de un proceso en el que la relación mente/mano ha sido decisiva como ya afirmó Anaxágoras hace 2500 años y como luego volvió a recordar Engels (32). La cooperación colectiva y la relación mente/mano han sido los factores determinantes para que nuestra especie pudiera pasar de las formas iniciales de vida, luego al dominio práctico del fuego, más adelante a ese salto entre 10 centímetros y 20 metros de filo de corte por cada kilogramo de sílex, para llegar, por ahora, a la industrialización capitalista de la vida. Sin esa cooperación nunca se hubiera acumulado la masa crítica de experiencia práctica suficiente para ir dando saltitos en la dialéctica entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción. Más aún, en esa cooperación ha sido fundamental el trabajo de la mujer que aportaba el 70-80% del total de la comida que se necesitaba.
El contenido cooperativo se confirma una vez más viendo la secuencia histórica reciente del aprendizaje del uso de las energías y de sus técnicas correspondientes. Por ejemplo, según indica G. Basalla (33) la rueda apareció en el cuarto milenio antes de nuestra era, y fue mejorándose en una estrecha relación con rituales y ceremonias. Ya para entonces, según indican J. Puig y J. Corominas (34), desde el 6000 adne los sumerios utilizan el asfalto; desde el 4500 las barcas a vela y remo comercian por el Nilo; desde el 3000 aparecen referencias a los "fuegos eternos" en las charcas petrolíferas y escapes de gas, y desde el 2000 se usan como combustible; desde el 2600 en Egipto se usa la máquina solar para levantar monolitos; desde el 1100 en China se extrae y se usa carbón, y para el 1000 se extrae gas mediante pozos de 1000 metros de profundidad, gas que los chinos hacen circular en cañas huecas de bambú para el uso en calefacción, iluminación y manufactura; desde el 640 los griegos concentran rayos de sol para encender cosas e intentar quemar las velas de barcos enemigos; desde el siglo II adne probable invención del aprovechamiento hidráulico.
Cuando hablamos de cooperación a lo largo de estos miles de años no queremos olvidar que fueron precisamente los siglos de triunfo del patriarcado. En concreto, y según la cronología presentada por G. Lerner (35), la época que va aproximadamente del 3100 a 600 adne. La cooperación no exime la contradicción, ni la explotación ni la opresión. Precisamente este es uno de los puntos irresueltos por la ideología burguesa del "cazador agresivo" que ve el mundo entero como un enemigo al que someter con su tecnología sofisticada, negando la existencia de opresiones e injusticias brutales que inciden directa o indirectamente en la evolución tecnológica. Tampoco queremos olvidar que fueron los siglos de surgimiento de la esclavización de pueblos, ciudades y seres humanos concretos, y también los años de asentamiento de la escisión social en clases antagónicas dentro mismo de un pueblo. Y menos aún olvidar que es en este proceso cuando asistimos a la apropiación del conocimiento colectivo y, en palabras de García Durán, a la transformación del saber en "forma de desigualdad social en las sociedades precapitalistas" (36), en la que todo lo relacionado con la guerra y su tecnología va indisolublemente unido a la formación de un conocimiento dominador.
(21) Thmas McKeown: "Los orígenes de las enfermedades humanas". Crítica nº 211, Barcelona 1990, pág 63.
(22) A. Spirkin: "El origen de la conciencia humana". Edit. Platina, Buenos Aires 1965, pág. 193.
(23) Marvin Harris: "Caníbales y reyes". Salvat, Barcelona 1985, págs 122-161.
(24) Nigel Davies: "Sacrificios humanos", Grijalbo, Barcelona 1983, y Patrick Tierney: "Un latar en las cumbres", Muchnick, Barcelona 1991.
(25) André Leroi-Gourhan en "Los cazadores de la prehistoria" Orbis nº 54, Barcelona 1986, pág. 112.
(26) Elman R. Service: "Los cazadores", Labor, Barcelona 1979.
(27) Marshall Sahlins: "Las sociedades tribales", Labor, Barcelona 1977, y "Economía de la Edad de Piedra", Akal Madrid 1983.
(28) Carson I. A. Ritchie: "Comida y civilización", Altaya nº 49, Madrid 1997, pág. 205.
(29) Umberto Melotti: "El hombre entre la naturaleza y la historia". Península, Barcelona 1981, especialmente pág. 368 y ss.
(30) Irenäus Eibl-Eibesfeldt: "Amor y odio. Historia natural del comportamiento humano". Salvat , Barcelona 1994, pág. 238-239.
(31) John Keegan: "Historia de la guerra", Planeta, Barcelona 1995, pág. 105.
(32) F. Engels: "El papel del trabajo en la transición del mono al hombre", en "Dialéctica de la naturaleza", Akal, Madrid 1978, págs 138-148.
(33) George Basalla: "La evolución de la tecnología", Crítica, Barcelona 1990, pág. 21.
(34) Josep Puig y Joaquim Corominas: "La ruta de la energía", Anthropos, Barcelona 1990, pág. 109-127.
(35) Gerda Lerner: "La creación del patriarcado". Crítica. Barcelona 1990, pág. 25.
(36) Raúl García Durán: "Saber, sociedad tecnológica y clases. El proceso de formación de la tecnoburocracia profesional como clase dominante". Edit. Hacer. Barcelona 2000, págs. 133-144.